miércoles, 8 de septiembre de 2010

El hombrecito del azulejo

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:






-Esta noche será la crisis.






-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.






-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...






Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.






Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.







El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato.






Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.






-¡Martinito! ¡Martinito!






El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.






Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.






Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.






El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.






Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.






Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.






Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.






La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.






La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.






-Madame la Mort...






A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjuí; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.






-Madame la Mort...






La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.






-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.






Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.






Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?






La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.






Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...






La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.






Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.






Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia.






La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.






-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.






Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.






-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.






Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.






Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.






Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.






El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:






-¡Ahí va algo, abarájenlo!






Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.






FIN






Manuel Mujica Láinez. Cuento de Misteriosa Buenos Aires, 1875.
Ed. Sudamericana. Coleccion Piragua. Buenos Aires, 1971, p. 199-308.






jueves, 2 de septiembre de 2010

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.

La hermosa máscara ha cambiado,

pero como siempre es la única.

¿De qué me servirán mis talismanes:

el ejercicio de las letras,

la vaga erudición

el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte

para cantar sus mares y sus espadas,

la serena amistad,

las galería de las bibliotecas

las cosas comunes,

los hábitos

el joven amor de mi madre,

la sombra militar de mis muertos,

la noche intemporal,

el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo,

es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,

ya el hombre se levanta a la voz del ave,

ya se han oscurecido los que miran por la ventana,

pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor:

la ansiedad y el alivio de oír tu voz,

la espera y la memoria

el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías,

con su pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos que cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

El castellano reducido por el guarani.

Por David Galeano Olivera





1. Introducción

Nadie duda que los Indígenas o Nativos Guarani fueron conquistados y reducidos de mil formas. En efecto, en mayor número, ellos fueron denigrados, marginados, discriminados, sometidos, vejados, esclavizados, torturados, asesinados y, en muchos casos, aniquilados étnicamente de la faz de la tierra. El imperio utilizó todos los medios disponibles a su alcance, en dicho cometido. Quien intente disminuir, menoscabar, desvirtuar o desconocer las barbaridades cometidas contra los indígenas, no hará sino demostrar su gran hipocresía o necedad.







                            GUARANI RÓGA - ATENEO DE LENGUA Y CULTURA GUARANI





La conquista y reducción se materializó a través de las Misiones, hasta donde fueron conducidos -por medios violentos- los nativos. Sin exagerar, las Misiones Jesuitas fueron para los indígenas lo que los campos de concentración fueron para los judíos. En el proceso de la reducción millones de indígenas murieron en América; todos cayeron en defensa de su libertad, de su identidad y de su dignidad. Ellos que -hasta la llegada del conquistador- se destacaron por su vida selvática; a partir de la reducción -por primera vez- debieron construir edificaciones de piedras. Luego, fueron obligados a convertirse al cristianismo. Toda la primera etapa de esa época, los conquistadores intentaron la colonización mediante el uso de su idioma: el castellano.

Sin embargo, la resistencia indígena se hizo fuerte y decidida, al punto de negarse a aprender el castellano. Este hecho, inédito en la conquista de América, obligó a los conquistadores a reducirse y someterse ellos mismos, al conocimiento y uso de la milenaria y armoniosa Lengua Guarani. Desde allí empieza y se extiende hasta hoy, el increible fenómeno histórico por el cual el Castellano es reducido por el Guarani.

Otro fenómeno altamente llamativo ocurre cuando los Jesuitas abandonan las Misiones. Lo lógico hubiera sido que los indígenas se quedaran a vivir en aquellas enormes fortalezas de piedras, construidas en los montes Guarani. Lo lógico incluso hubiera sido que los indígenas adoptarán ese tipo de edificaciones (de material) en la construcción de sus viviendas y con ello que asumieran una cultura sedentaria. Sin embargo, no ocurrió así. Podemos afirmar que la conquista y la reducción duró lo que duró la presencia de los jesuitas. Con la ida de los mismos, y con la recuperación de la libertad, los indígenas reivindicaron sus antiguas costumbres y volvieron al monte y con ello retornaron al nomadismo. ¿Qué pasó con las Misiones?, pués, se convirtieron en ruinas (construcciones destruidas, desmoronadas, inútiles, vacías). Al ser reconstruidas, en la actualidad no son otra cosa que el “recuerdo triste e imborrable” de la opresión, de la represión, del sometimiento y la esclavitud de los pueblos indígenas del Paraguay.

Hoy, quinientos años después, el idioma Guarani sigue vivo, fuerte, revitalizado y tan campante, hablado por casi ocho millones de almas (Paraguay, Bolivia, Argentina, Brasil, Venezuela) y admirado por la comunidad internacional ya que -además de existir miles de sitios que lo promueven en internet- es estudiado en importantes universidades del mundo, convirtiéndose también en la “atracción fatal” de numerosos investigadores de prestigio mundial. Hoy, después de tanta persecusión y represión, ya es idioma del Mercosur junto al castellano y al portugués. El 87% de quienes vivimos en el Paraguay, hablamos y entendemos el Guarani.

Su creador el Indígena fue reducido y conquistado implacablemente por el Imperio, incluso casi fue aniquilado. Sin embargo, la Lengua Guarani permaneció viva e indomable pese a las más increibles formas de opresión y represión que padeció. Podemos afirmar que con todo en contra y con casi nada a favor -así y todo- el Guarani redujo al Castellano.





                                                                   ¡HA AVAÑE’Ê!

                                                           Ohai: Pedro Encina Ramos







¡Ha avañe’ê! neryakuâ porâitéva, ha’ete umi ñumegua yvoty ha nere’ê asyetéva ñaimo’â eirete. Heta kyséma oñehâimbe’e nde rérape, heta hu’ýpema reñeha’â, hi’âgui rejepe’aite ko yvy ape árigui ha ojehecha péva ndaikatumo’âi.

Reínte oñeha’â umíva ndejuka haĝua, orekuéra mitâ pyahu nderayhuhára añetéva, roñeha’â ha roñeha’âva’erâ opaite ára pytagua ñe’êgui romotenonde. ¡Ha avañe’ê! mba’evépeko nanemovâi nde apihaguére royröme umi nde rayhu’ỹva, reiko ha reikova’erâ maymáva apytépe, nderepavéimako nde mba’eve ára ko yvy árigui.

Águi su arajerehápe oikómaramo tanimbu, ko ava retâ porâitégui, pe yvytu kangy asy ñane ñe’â ombopiro’ýva, nde reroguatánteva’erâ pe ipepo ári amo yvága hovy asýva ru’â rehe. Aĝaite pevéko ndojejuhúiva ambue pytagua retâ rehe ñe’ê ndéicha he’ê asýva. Pe purahéi kyre’ỹme reñehendúramo, mba’éiko nde rerekóva, ajeve otyryrýva mba’asýpe maymáramo nerendúvo oñandúva ipiro’y ichupe hi’ánga.

Mamóguipa reju’ypyraka’e, mávapa upéva oikuaa. Rejúparaka’e ka’aguy hovy’ûmbáva mbytégui, térâ resêraka’e yvykua ipypukuetéva, avaveichagua mbya ohecha’ỹva ruguágui.

¡Ha avañe’ê! che haĝua mitâ’i nderayhuhára, péina áĝa torýgui roguerosapukái. Natîvéi avavégui, oiméramojepe oñembohorýva cherehe rohayhu rehe chepy’aite guive. Amyasäi yvytu rehe purahéi apyra’ỹ nde rehegua, ha togueraha irundyvéva tomosarambi ára rehe, toikuaa umi pytaguakuéra oguerekoha gueteri Paraguái ohayhúva iñe’ê.





TAHEÑOIJEY ÑANEMBA’E

Ohai: Ana Barreto - Ombopurahéi: Cayo Fretes





I





Tovéna Tupâ tachepytyvô

Ha’émi haĝua chepy’arasy

Ymaite guivéma añandu

Heta ára nachemongevéi

Ipohýigui ndaikatúi amoñemi.





II





Ymaveguaréicha jaikomijey

Ñane ñe’êtépe ñañomongeta

Mba’éreiko ñamboyke

Umi ñande ypykue pypore

Néina lo mitâ ñañomoirûmba

Taheñoijey ñanemba’e

Néina lo mitâ ñañomoirûmba

Taheñoijey ñanemba’e.





III





Jahayhuve ñane retâ

Ha’eichaitéva ndahetái

Tetâ ambue maymavágui iporâve

Yvytu pópe jeheja ñane ñe’ê

Tomyasâi, tomosarambi,

Tojekuaa oparupiete.





Rehendusérô “Taheñoijey ñanemba’e”, ehesakutu ko’ápe:

http://www.youtube.com/watch?v=vS3ZxH5u81w

Por David Galeano Olivera









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Publicado por EL KUNUMI para EL KUNUMI - GUARANI el 8/25/2010 04:25:00 AM

domingo, 18 de julio de 2010

Escrito a mano

Por Guillermo Jaim Etcheverry






¿Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas.






Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa.






En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros.







Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.






En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras.



 

Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.






Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros.






Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable.


Carta de Garcia Lorca 

Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo.


Manuscrito de Unamuno




Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere.






En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor.






Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time, titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y, sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos.






La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo.

miércoles, 14 de julio de 2010

El Whipala: Bandera y emblema de las culturas andinas

Bandera y emblema de las culturas andinas








Whipala, Símbolo de la Nación Andina


Se puede decir que la primera bandera boliviana data desde los tiempos del Tahuantinsuyo, o sea muchísimos años antes de la Conquista española. Nuestros antepasados ya usaron banderas multicolores de tela, que llamaron Whipala, las que se componían de doce cuadrados iguales, de diferentes colores, tomados del arco iris. Dicha Whipala, bandera, representaba al Tahuantinsuyo que estaba dividido en cuatro partes iguales llamados “suyos”, tomando las dos sílabas últimas del Tahuantinsuyo. Así tenemos: el Chinchasuyo, el Collasuyo, el Cuntisuyo y el Antisuyo. Parece que todos ellos estuvieron orientados en los cuatro puntos cardinales, de los cuales se desprende que nuestra bandera se origina de la época del Collasuyo. 
















La Whipala es bastante más que la bandera y el emblema de la nación Andina y de los Aymara Quishwa, es la representación de su filosofía andina y, actualmente, el símbolo de la resurrección de la cultura que fluyó de los primordiales Cuatro Estados del Tiwantinsuyo.


Durante muchos años la colonia española prohibió la sagrada Whipala que hoy vuelve a ser reconocida y comprendida a pesar de las eras de persecución y el intento de borrar su significado.


  Brevísima introducción a su simbolismo.



La Whipala está compuesta de 49 espacios con los siete colores del arco iris.


En el centro está atravesada por una franja de siete cuadrados blancos que simbolizan las Markas y Suyus, es decir la colectividad y la unidad en la diversidad geográfica y étnica de los Andes. Esta franja representa también al principio de la dualidad, así como la complementariedad de los opuestos, por lo tanto unión de los espacios; y así la oposición complementaria o fuerza de la dualidad, es decir: fertilidad, unión de los seres y, por consiguiente, la transformación de la naturaleza y los humanos que implica el camino vital, y la búsqueda a la que éste nos impulsa.



Sus Cuatro Lados


Los cuatro lados de la Whipala conmemoran tanto a los Cuatro Hermanos Míticos; Ayar-kachi, Ayar-uchu, Ayar-laq'a y Ayar-k'allku, quienes fueron los precursores de los Cuatro Estados originales del Tawantinsuyu; así como simbolizan al calendario Cósmico de los Aymará Quishwa; las cuatro épocas del año divididas por las cuatro festividades que las conmemoran: JUYPHI-PACHA o estación fría, LAPAKA-PACHA, estación del calor, JALLU-PACH-A, estación de la lluvia, y finalmente, AWTI-PACHA o estación seca.




Los Siete Colores del Arco Iris





ROJO: representa al planeta Tierra (aka-pacha) así como al conocimiento de los AMAWTAS.


NARANJA: representa la sociedad; expresa la preservación y procreación de la especie; así como salud y los conocimientos de la medicina; también a la educación y juventud.


AMARILLO: Energía y fuerza (ch'ama-pacha), doctrina del Pacha-kama y Pacha-mama; dualidad; leyes y normas de la práctica colectiva.


BLANCO: representa al tiempo y a su dialéctica (jaya-pacha), transformación; el arte y el trabajo, reciprocidad.


VERDE: Para algunos representa a la economía y la producción andina; riquezas naturales, Tierra y territorialidad, así como la flora y fauna que es también considerada un don.


AZUL: Espacio cósmico, el infinito (araxa- pacha), es la expresión de los sistemas estelares y de los fenómenos naturales.


VIOLETA: Expresión del pueblo y del poder comunitario; estado, organizaciones sociales, intercambio.




La Whipala y la Simbología Matemática



Para interpretar la simbología matemática de la Whipala, debemos remontarnos a la idea del calendario, el cual podemos leer de tres maneras complementarias:


Verticalmente, horizontalmente y diagonalmente, lo cual conforma el AWAKU andino.


La parte superior de la Whipala se identifica con el Sol, el día y la parte de inferior con la Luna, es decir, la noche. La Whipala permite que a través del cálculo matemático sean previstas las fechas de los equinoccios, solsticios y eclipses.


En el calendario andino la “Luna anual” tiene trece meses divididos en 28 días, entretanto el “Sol anual” tiene 12 meses constituidos por 8 meses de 30 días más cuatro de 31 jornadas, lo cual al sumarse nos da un total de 364 días, más un día; el llamado JACH'A-URU o Día Grande.



Por: Bruno Serrano Navarro

Fuentes:


www.katari.org


www.revista.serindigena.cl/props/public_html/?module=displaystory&story_id=737&format=html


Copyright:revista.serindigena.cl de el 13-12-2005 consulta on line el 14 de julio de 2010





























lunes, 5 de julio de 2010

Krygi volvió a su tierra. Restitución de un Museo argentino



Después de muchos años, un Museo argentino,  devolvió los restos humanos de una aché secuestrada después de la matanza de su familia en el Chaco paraguayo, hace 114 años. Es la primera restitución que trasciende las fronteras de los actuales Estados.






Corría 1896 cuando un estanciero de Samoa, en el Chaco paraguayo, produjo una sangrienta matanza en un campamento aché, en represalia por la faena de un caballo “de su propiedad”.

Los perpetradores blancos portaban fusiles, aunque algunos indígenas fueron ultimados a machetazos, según sus propias crónicas. Produjeron una masacre. Y se apropiaron de una niña que sobrevivió, a la que bautizaron Damiana, ya que el día de su captura era, según el calendario católico, San Damián. Con la misma impunidad, llamaban a la comunidad violentada “guayaquí”, que en guaraní significa “ratón de campo”.






“La pequeña Damiana, abandonada en el transcurso de esa escena de carnicería, fue de inmediato apañada y conducida a Sandoa donde hoy es educada por los matadores de los suyos”, relató Charles de la Hitte, allegado al antropólogo Herman Ten Kate, que trabajó en el Museo de La Plata a fines del siglo XIX.






El doctor Ten Kate midió y estudió el esqueleto de una mujer vieja que nunca tuvo sepultura. Más tarde, el alemán Robert Lehmann-Nitsche, jefe de la Sección Antropología, examinó y dedicó un artículo en la Revista del Museo a la pequeña sobreviviente de aquel ataque.

Tras pasar un par de años con los asesinos de su familia, “Damiana” había sido trasladada a Argentina para servir como mucama en la casa de Alejandro Korn, fundador y director del Hospital de Melchor Romero.






“Es en la casa de Korn donde Lehmann-Nitsche la somete a medidas antropométricas, con todo lo que significa desde el punto de vista de la desnudez de esa niña, de la manipulación, de las medidas que le ha tomado”, cuenta hoy la antropóloga Patricia Arenas, que tomó contacto con la historia de la niña hace diez años, al encontrar un texto que el alemán publicó en 1908, ilustrado con su foto: “Es una Damiana desnudita, con las manitos ahí atrás, con una piernita que intenta tapar su desnudez”.






Se calcula que tenía 14 años. Su expresión cabizbaja y sin ropa despierta la sospecha del trato abusivo que pudo haber recibido al pasar de mano en mano. “Consideraba los actos sexuales como la cosa más natural del mundo y se entregaba a satisfacer sus deseos con la espontaneidad instintiva de un ser ingenuo”, apuntó también el jefe de Antropología del Museo, cuyo interés por el caso de la “India Guayaquí” era análogo al que había tenido Ten Kate: medir, observar y comparar con las referencias de las niñas germánicas de la época. La política de la antropología que producían era claro: querían mostrar la superioridad de los occidentales, blancos y cristianos.






“Era demasiado libertina para una familia burguesa como la de Korn”, evoca Arenas. Alarmado por la conducta de la adolescente, el filósofo terminó internándola, primero en su propio nosocomio y luego en una “casa de corrección”. Aquella ignominia ni siquiera concluyó con su temprana muerte, atacada por la tisis: su cuerpo volvió al Museo de La Plata, donde los científicos le cortaron la cabeza y la enviaron a la Sociedad Antropológica de Berlín.






Esta historia permaneció prácticamente olvidada hasta que Patricia Arenas publicó un artículo en Página/12, en noviembre de 2005. Poco más de un año después, se contactó con ella el Grupo Universitario de Investigación en Antropología (GUIAS), formado por estudiantes y graduados que impulsan la restitución de restos atesorados en el Museo de La Plata, históricamente reticente a entregar lo que considera parte de su “patrimonio”.






El genocidio cometido por el Estado en el siglo XIX es el infame origen de buena parte de más de 10.000 “piezas” humanas que hoy conserva esa institución inaugurada en 1885, que recibió cadáveres y pertenencias de las víctimas del avance militar sobre el sur y el Chaco, como así también restos fueron saqueados de cementerios. Hubo incluso indígenas asesinados por los propios “científicos” del Museo, y un grupo que vivió cautivo allí, como una “exposición viviente”. Una vez muertos fueron descarnados y expuestos en las vitrinas. Más tarde la “colección” quedó abandonada en cajones de madera arrumbados en sucios depósitos.






Con tesón militante, durante todo el 2006 los jóvenes de GUIAS hicieron trabajos de ordenamiento y relocalización de los restos atesorados por el Museo de La Plata, muchos de ellos en críticas condiciones de conservación. Entre más de treinta que pudieron ser identificados estaba “Damiana”. Figuraba en un catálogo inédito de la Sección Antopología, donde se consigna el envío de la cabeza al alemán Hans Virchow.






Desde entonces, junto a la antropóloga tucumana promovieron que la comunidad aché de Paraguay iniciara un reclamo de restitución. “Ellos estaban muy cansados, como comunidad, de antropólogos que con muy malas prácticas los buscaban para sacarles sangre, para tomarles fotos, para medirlos. Nosotros pasamos muchas pruebas tratando de explicarles que ese no era nuestro objetivo”, recuerda Arenas. “Ahí empieza un largo expediente, donde hubo varios obstáculos.






Uno fue comprender que no se le devolvía a una familia, ni se devolvía por una prueba de identidad y filiación genética, sino que se devolvía una mujer a una comunidad de origen”. Los aché lograron consensos internos, se confederaron y sostuvieron el reclamo. Finalmente, la semana pasada, a tres años de iniciado el expediente, se produjo la histórica repatriación de “Damiana”, rebautizada Krygi, a su comunidad de origen.






“Este es un hecho inédito. Es la primera vez que se está haciendo esta clase de restitución. Nunca hubo en Paraguay”, remarcó el jueves pasado Emiliano Mbejyvagi, Coordinador General de la Federación Nativa Aché, en un acto realizado en el Museo de La Plata, “este lugar triste donde murieron muchos hermanos”. “Esto puede ser el inicio, para que todos los pueblos indígenas de mi país también tomen conciencia de la importancia de la recuperación de la memoria histórica de cada pueblo”. Por la tarde, Mbejyvagi y toda la comitiva que participó de la restitución viajaron de regreso a Paraguay con los restos Krygi y otra persona de origen aché, no identificada.






Del otro lado de la frontera los esperaban representantes de las comunidades indígenas y otro acto formal, denominado “Reparación histórica y social”, que se realizó en el Museo de las Memorias, ex oficina de inteligencia y torturas durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), que diezmó al pueblo Aché. Allí, frente a los féretros envueltos en mantas rave, Mbejyvági habló en su lengua ancestral y pidió a sus dioses paz y tranquilidad para una comunidad que todavía hoy sufre la discriminación. Finalmente, la tarde del viernes los ancianos de la comunidad dieron el entierro final en Ypetîmi, en los bosques Caazapá, testigos de las masacre cometidas contra los aché en los siglos XIX y XX.






El pueblo aché es una de las veinte etnias que conviven en Paraguay. Hoy reducido a siete comunidades, llegó a ocupar 30.000 km2 del actual. Son alrededor de 350 familias y no superan las 1500 personas. En los primeros ocho meses del actual gobierno de Fernando Lugo, una aché fue ministra de Asuntos Indígenas.






Quienes encabezaron el reclamo que logró este hito histórico –una restitución que traspasó las actuales fronteras de Estados nacionales- no dan el asunto por terminado. “Vamos a ir reclamando todos los huesos que están dentro de museos del Paraguay, me parece este un buen ejemplo donde un país reconoce el reclamo legítimo de un pueblo originario”, anunció Mbejyvági en La Plata, donde también dejó un reclamo pendiente: la devolución de otros restos humanos aché y todas las objetos de esa comunidad que integran las colecciones etnográficas, ya que “fueron obtenidas de manera ilegal, violenta”.






En el Museo platense, donde todavía hay una treintena de restos identificados sin restituir, cada reclamo por el estilo provoca un tembladeral. Todavía hay quienes se oponen en voz baja y ponen trabas a lo que consideran una “pérdida del patrimonio”. Las autoridades, por su parte, se jactan de los consensos logrados “respetando los tiempos de todos”, y exhiben como un éxito la sala “Espejos culturales”, que reemplazó la que hasta 2006 tuvo restos humanos en exhibición. En esa nueva exposición, los objetos de la comunidad de Krygi están identificados con un cartel que los nombra como Guayaquíes, como decían los perpetradores, burlándose de una supuesta “cara de ratón”. Aché, en cambio, significa “los que hablan, las personas”.



miércoles, 26 de mayo de 2010

Amazonia: Declaraciones de Chico Buarque






No todos los días un brasileño les da una buena y educadísima bofetada a los estadounidenses. Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO CHICO BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonía. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño.






Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque: Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonía. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonía, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad. Si la Amazonía, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero.

El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonía para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio. De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonía es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonía es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales.

No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación. También, antes que la Amazonía, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país. No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado. Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero. Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonía, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil. En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonía. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir. Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!




OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y JAPÓN.

En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado. Ayúdenos a divulgarlo





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Publicado por EL KUNUMI para EL KUNUMI - GUARANI el 5/26/2010 04:02:00 AM
Imagenes: Wikipedia. Google Imagenes

lunes, 17 de mayo de 2010

Sección Lecturas: Muere lentamente










Muere lentamente quien no viaja,


quien no lee, quien no escucha música,


quien no halla encanto en si mismo.






Muere lentamente quien destruye su amor propio,


quien no se deja ayudar.



Muere lentamente quien se transforma en esclavo del habito, repitiendo todos los días los mismos senderos,


quien no cambia de rutina,


no se arriesga a vestir un nuevo color


o no conversa con desconocidos.
















Muere lentamente quien evita una pasión


Y su remolino de emociones,


Aquellas que rescatan el brillo en los ojos 


   y los corazones decaidos.




















Muere lentamente quien no cambia de vida cuando está insatisfecho con su trabajo o su amor,


Quien no arriesga lo seguro por lo incierto


para ir detrás de un sueño,


quien no se permite al menos una vez en la vida huir de los consejos sensatos…


¡Vive hoy! - ¡Haz hoy!


¡Ariesga hoy!


¡No te dejes morir lentamente!


¡No te olvides de ser feliz!







Fotos: Mendoza David
Texto: Pablo Neruda (Segun dice el amigo Felis este poema es de la autora brasileña Marta Medeiros, y es atribuido equivocadamente a Pablo Neruda:

Martha Medeiros: "Muere lentamente"








No es la primera vez que a un escritor famoso le atribuyen un poema o un texto del cual no es autor. Algunos de ellos circulan por la red sin que nadie frene esos errores.


La auténtica autora de"Muere lentamente" es la escritora brasileña Martha Medeiros, poeta y novelista, autora de numerosos libros y cronista del periódico "Zero Hora", de Porto Alegre.



Ha sido ella misma la que contactó con la Fundación Neruda para aclarar que ella es la verdadera autora del texto. Esos versos coinciden en gran medida con su texto "A Morte Devagar", publicado en el año 2000, la víspera del Día de Difuntos.



Ya está cansada de que la gente siga creyendo que el poema es del poeta chileno y reconoce que no sabe cómo empezó a circular en internet el citado poema con un falso autor, aunque no es una sorpresa para ella, ya que hay "muchos textos" suyos que figuran en la red "como si fueran de otros autores". Se siente impotente de que no se pueda hacer nada, admira profundamente a Neruda y se declara lectora de sus poemas, pero prefiere que "a cada uno se le reconozca su trabajo".



Internet es un mundo interactivo, por tanto podemos encontrar más de una versión de "Muere lentamente". En una presentación que va circulando con paisajes nevados comienza y termina de forma diferente. Pero con sus pequeñas diferencias, todas se parecen al auténtico texto de Martha Medeiros: "Morre lentamente quem nao troca de idéas, nao troca de discurso, evita as próprias contradiçoes. Morre lentamente quem vira escravo do hábito, repetindo todos os dias o mesmo trajeto..."





"MUERE LENTAMENTE " - Martha Medeiros





· Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.



· Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.



· Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.



· Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.



· Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.



· Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.



· Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante. · Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.





· Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.



· Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

domingo, 9 de mayo de 2010

Antonio Berni

Antonio Berni nace en Rosario, provincia de Santa Fe, en 1905.







Berni, en una primera etapa surrealista, busca poner los sueños en imágenes, sueños que muchas veces se congelan en el tiempo, que se forman con escenas sin sentido y de relaciones que no siempre son comprensibles. Construye imágenes que despiertan innumerables preguntas e invitan a pensar y a reflexionar acerca de la realidad, del mundo del revés y su ficción.










Berni fue un artista que nunca dejó de explorar y de experimentar con nuevas formas y nuevos medios, fiel a la convicción de que el arte era no sólo un compromiso sino también una manera de vivir con riesgos.





 La siesta y su sueño (detalle), 1932


Óleo sobre tela, 52 x 69 cm

Colección privada







En esta obra Berni nos regala la poesía de los sueños que muestran que en las horas


de descanso el hombre deja de vivir lo cotidiano y se sumerge en el mundo maravilloso de los sueños.




Es característica de la pintura surrealista; sus colores son planos e intensos, como el rojo, el amarillo y el azul.


Otro aspecto de la obra que también respeta las características de la pintura surrealista es el tamaño de los objetos. El artista juega con el tamaño introduciendo objetos grandes y pequeños, sin respetar sus proporciones reales.


En esta obra Berni combina de una manera muy particular el paisaje pueblerino y el paisaje marítimo.










Actividades










Preguntas para pensar






¿Qué se imaginan que representa la escena? Comparen el tipo de pincelada que utiliza en el mar y el que utiliza en la chimenea. ¿Encuentran alguna diferencia?


Ahora observen el piso de la calle, ¿cómo es? Con respecto a los colores,

¿Por qué imaginan que el artista pinta algunos objetos con colores tan intensos?





Actividades para explorar


Durante sus primeros años como artista, Berni adhería al movimiento surrealista.

Los artistas de esta corriente solían representar los sueños. La actividad que se presenta a continuación permite que los alumnos desarrollen su imaginación.





Después de un momento de reflexión, proponerles que representen lo imaginado visualmente o en palabras.


Sugerir a los alumnos que recuerden algún sueño y lo representen con imágenes.


Algunas de estas preguntas pueden guiar la actividad: sus sueños, ¿tienen algún color? ¿Y alguna forma? Traten de recordar su último sueño; ¿podrían ponerlo en imágenes? Si no lo recuerdan, ¿podrían poner en imágenes un sueño contado por otro?








La siesta y su sueño (detalle), 1932


Óleo sobre tela, 52 x 69 cm


Colección privada

viernes, 7 de mayo de 2010

La Atlantida

La mayoría de la gente conoce (al menos a grandes rasgos) la famosa historia de la Atlántida, también conocida como «la civilización perdida». Y aunque en muchos casos es rechazada por lo inverosímil que parece, muchas culturas (como la azteca) hablan de ella.






En la mitología griega, el famoso filósofo Platón contaba que la Atlántida era una gran y próspera isla que existió cerca de la zona del Mar Mediterráneo, frente a las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), a la que debe su nombre el Océano Atlántico y uno de los lugares donde reinaba el Dios de los mares y los océanos, Poseidón (también llamado Neptuno).


Poseidón se enamoró de Clito, la hija de Evenor, con la que tuvo diez hijos (y cada uno reinó una parte de la Atlántida). Para protegerlos de los males y de los mortales del exterior (algunos dicen que por celos), hizo construir 3 anillos concéntricos, alternando entre agua y tierra.


Así, ningún hombre podría acceder al círculo central donde vivía Clito, ya que en aquella época no existía la navegación.












La Atlántida fue una ciudad muy próspera, en la que todo bien abundaba. Había cantidad de recursos de todo tipo, destacando el Orichalcum (aleación de cobre, zinc, plomo y latón dorado), uno de los metales más preciados, utilizados para rendir culto a Poseidón. Abundaba la flora y la fauna, y sobre todo los Elefantes, uno de los animales por excelencia de la región.


Los Atlantes prosperaron y comenzaron a edificar. Construyeron una increíble Acrópolis, levantaron edificios, palacios y templos, crearon muros con mezclas de rocas, bañados con diferentes metales y orichalcum. También destacaban los hijos que reinaban, quienes acordaron seguir una serie de leyes (grabadas en una columna de orichalcum en el Templo de Poseidón) en las que mencionaban que siempre se ayudarían entre sí, evitando guerras y ataques.


Fueron una civilización en la que la justicia, la bondad, y muchas otras virtudes, eran los canones más importantes.










Sin embargo, aunque los textos de Platón no detallan exactamente que fue lo que ocurrió para que la civilización de la Atlántida se extinguiera, se cuenta que tras algunas generaciones, los sentimientos de avaricia y ansias de dominación se apoderaron de los atlantes. Procedieron a dominar algunos lugares, sembrándo el pánico y sometiendo a sus habitantes, hasta que en Atenas se resistieron a sus ataques.


Fue entonces cuando los dioses se reunieron, y encabezados por Zeus, el líder de los Dioses Olímpicos, decidieron castigar a los atlantes con un tsunami de un día y una noche de duración, en el que las olas alcanzaron los 150m de altura.




Poco más se sabe de la gran ciudad, a parte de que fue totalmente arrasada y destruida, sumergiéndose en el fondo del océano Atlántico. Se dice que las Islas Canarias, Madeira, Cabo verde y otras, son restos de la gran civilización de la Atlántida, así como el Teide es el antiguo Monte Atlas.


Como curiosidad, una ambientación muy bien conseguida sobre la Atlántida se halla en la aventura gráfica de Indiana Jones en busca de la Atlántida (and the fate of the atlantis) donde los detalles están muy bien cuidados; desde la isla de Creta hasta las adaptaciones de la Atlántida, incluído el Orichalcum.